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Siembra de libros en El Gramazo: cuando la literatura escaló montañas

El Gramazo, Padre Las Casas, Azua.- La Cordillera Central suele guardar sus tesoros entre neblinas y veredas que pocos se animan a transitar. Pero el viernes previo a Semana Santa varios escritores dominicanos decidieron que los libros también merecían llegar a lo más alto. Y así, entre piedras, ríos sin puentes y un camino que parecía de penitencia, subieron hasta la sección El Gramazo, del distrito municipal Las Lagunas, con una sola misión: sembrar palabras para exorcizar los demonios del silencio literario.
Llegaron con los libros bajo el brazo —algunos sudados, otros milagrosamente secos— pero, sobre todo, llegaron llenos de amor y solidaridad. Los esperaban decenas de niños con los ojos brillantes de esperanza y un sueño común: algún día ser como ellos, escritores, poetas, contadores de historias. Porque en El Gramazo, un paraje enclavado en la geografía más agreste de la cordillera central de la provincia Azua, la lectura aún es un lujo que pocos pueden costear.
Y este grupo de voluntarios decidió atacar esa realidad desde la raíz con el apoyo de personas sensibles que atendieron al llamado de donar libros, de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña (BNPHU) y de su director, el escritor y cronista Rafael Peralta Romero.
El acto en El Gramazo comenzó con el rigor patriótico que exigen las grandes ocasiones. Frente a la escuela comunitaria que dirige el profesor Kelvin Féliz, se izó la Bandera dominicana mientras las voces de niños y adultos se fundían en el Himno Nacional. Luego, varias niñas, con papeles temblorosos entre las manos, leyeron mensajes de bienvenida para los «distinguidos visitantes». En sus palabras sencillas se adivinaba la emoción de quien recibe, por primera vez, a alguien que viene a regalarle futuros posibles.
Entonces tomó la palabra Vianco Martínez, gestor de esta jornada y alma del proyecto de crear una biblioteca en la Escuela Vicente Cruz Victoriano que no solo sirva a El Gramazo, sino a todas las comunidades de la cordillera.
Martínez leyó unas palabras que llevaron humedad a los ojos de los presentes. Al pie de la bandera, los ocho escritores hicieron entrega formal de sus libros al director de la escuela. Volúmenes de poesías, cuentos, ensayos y de narrativa infantil que, a partir de ahora, ocuparán un lugar sagrado en los estantes de la biblioteca escolar porque cada estudiante los asume como suyo.
Wilkin Abreu, director del distrito municipal Las Lagunas, al que pertenecen las 21 comunidades de la zona montañosa de Padre Las Casas, donó un libro para la biblioteca: una novela del laureado escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.
Pero la siembra de libros no se detuvo en el gesto simbólico. Luego vino lo más fértil: un conversatorio, una charla, talleres vivos en los que los niños, sentados en sus pupitres de madera, escucharon con una atención que en las ciudades a veces se ha perdido.
Tamara San Pedro impartió un taller de fotografía para adolescentes que terminó con una práctica inolvidable: los muchachos salieron a retratar con una cámara compacta todos los rincones del plantel escolar. Así, por un día, el Gramazo se miró a sí mismo a través de sus propios ojos.
La escritora Reina Rosario ofreció un breve pero profundo conversatorio sobre historia cultural. La conversación siguió con Evelyn Ramos para luego dar paso a Isabel Espinal y Yocaira López Tifa, quienes enseñaron a manipular títeres, haciendo que hasta los más tímidos soltaran de risa.
Avelino Stanley habló de escritura creativa y les aseguró a los estudiantes que todos tienen una historia que contar. Leibi NG se centró en el valor de las bibliotecas como casas de la imaginación. El escritor y periodista Gustavo Olivo regaló una reflexión cultural que dejó a niños y adultos pensando. Y la doctora Lilliam Fondeur, con la ternura que la caracteriza, abordó un tema sensible pero necesario: la maternidad responsable.
Sin embargo, el momento que nadie olvidará fue el final. La poeta y escritora Marianela Medrano, como si hubiera guardado la mejor sorpresa para el cierre, tomó unas semillas, una pequeña pala y se agachó en los jardines de la escuela. Allí, frente a los niños que la miraban fascinados, confirmó un huerto donde sembró diferentes flores de variados colores. No solo libros, entonces. También flores. Porque leer es también aprender a ver la belleza que brota de la tierra.
Al caer la tarde del viernes, cuando el grupo de escritores emprendió el regreso por el mismo camino extremo, río abajo y montaña abajo, llevaban en la mochila algo más que el cansancio. Llevaban la certeza de que, en El Gramazo, desde ese día, hay niños que sueñan con ser escritores. Y un proyecto —el de la biblioteca comunitaria de la cordillera— que acaba de dar su primer, firme y luminoso paso.